miércoles, 13 de diciembre de 2006

La soledad, tú y ese estúpido orgullo seudo masculino.

A ver...
Escribo este texto pensando en algunas personas en especial. Pensaba escribir sobre la amistad y lo precioso que representa hoy ese don para mantener la cordura en este mundo muy preocupado del dinero y del trabajo, pero no de sus seres humanos más inmediatos.
Pensaba especialmente en una mujer. Una mujer necesita todo el cariño y comprensión, tanto como el hombre, pero el de ella es más intenso. Toda mujer lleva dentro de sí la posibilidad de la vida, el origen de la humanidad entera tiene el sello de un vientre y el primigenio sabor del seno y su leche. Por tanto no es machismo trasnochado ni nada el ser más delicados en su proceder y en su manera de relacionarse con los demás.
Son con mucho, vulnerables a falsas caricias, miradas de mentira y respuestas sin sentido. Es muy cierto que el amor tiene un vínculo muy fuerte cuando es de a dos, pero no deja de ser cierto que dicho vínculo inicialmente parte desde UNO, para luego ser DOS. Dicho de mejor modo, si él o ella empiezan a amar, no imaginemos que la respuesta debe ser automática, tomará su tiempo, pero colmará los sentidos y el alma de ambos.
Hombre, tú que me puedes escuchar, si una mujer te ama, se arma de valor y te lo dice, te lo expresa, solo hay dos caminos: correspondele o da un paso a la derecha. Si la utilizas, si la llegas a transformar en instrumento de tu egoísta satisfacción... andaté a la mierda, no sabes lo que haces.
Después no te quejes, ¡¡El amor ha sido esquivo conmigo!!, ¡¡Nunca la traicioné y sin embargo recibí despecho!! No lo digas, lo tuviste y no supiste decirle VEN, PASA, ESTA ES MI CASA Y QUIERO INVITARTE A ELLA.
Es válido el consejo también para la mujer eh...

martes, 12 de diciembre de 2006

Prometeo navegando a un Nuevo Mundo

De olvidos y temores está lleno nuestro paso por el mundo. No olvido mi situación de peregrino, tampoco que solo llevo alforjas y sandalias... y quizá un poco de levadura para el camino. Me apreovecho de los manantiales que encuentro en el camino, y no niego el frío de la mañana que aun hermosa no deja de ser gélida en invierno. Llevo mil y un recuerdos, pero todos en una piedra pequeña y blanca. Las huellas que he dejado algunas el mar se las ha llevado, y no me atrevo a caminar por donde las lenguas de lava han pasado, quizá privilegio de aquellos antiguos hombres, mucho más humanos que los actuales.

Hola, mi nombre no es Prometeo, pero de este personaje griego se aprende muchísimo.